Vox | Nacional

Gasolinazo

2017-01-04 09:28:00
Por Francisco Bedolla Cancino
Periódico Síntesis Columinista Francisco Bedolla Cancino

En la perspectiva de la clase política, el reciente mega-gasolinazo es un acto emblemático de responsabilidad política o, en palabras de del secretario Meade, lo mejor que podía sucederle al país, a los mexicanos y a las futuras generaciones; porque, en su autocomplaciente entender, el subsidio a las gasolinas es una medida regresiva e injusta con los que menos tienen, amén  de que no existen riesgos de una escalada inflacionaria. Peor aún, anclado en este fantasioso relato, Ochoa Reza, el presidente del PRI, con aire sobrado, descarta el escenario del voto de castigo y los costos electorales por tan impopular decisión.

Desde el punto de vista del consumidor, ciudadano, contribuyente común, en cambio, el incremento a las gasolinas representa un golpe trapero al bolsillo y la economía populares, un acto tan vil que se equipara a uno de traición a la patria, y que pronto se traducirá en carestía, inflación, pérdida del poder adquisitivo, pauperización creciente y, en resumen, disminución del bienestar de las personas y las familias que menos tienen.

En medio de tan encontradas narrativas, la pregunta de a cuál de ambas le asiste  la razón, por paradójico que parezca, quizás es lo que menos importa. La clase política seguirá aferrada a su narrativa de la responsabilidad y las medidas dolorosas pero necesarias, mientras que las mayorías gobernadas seguirán acumulando su malestar frente a una clase política empecinada en alimentar las percepciones de abuso, insensibilidad, gandallez y corrupción.

Porque, con independencia de qué tanto pueda la clase política sofisticar su narrativa, lo más seguro es que en el imaginario popular la sentencia se ha producido y es inapelable: el gasolinazo es la decisión de un gobierno de los ricos y para los ricos (plutocracia) en contra de los pobres. Mucho más lugar hay a la duda sobre el curso y la durabilidad de las manifestaciones de rechazo. Lo evidente hasta ahora es el tono incendiario en las redes sociales. Los “milenials” muestran poca o nula proclividad a dar por bueno el relato oficial.

En medio de esta efervescencia, resulta del todo sintomática la desestimación de los costos electorales hecha por Ochoa Reza, el dirigente máximo del PRI, principalmente porque obliga a preguntarse sobre el cálculo que subyace a la decisión gubernamental de asestar en enero un duro golpe en lugar de dosificar los aumentos. Al respecto, cobra plausibilidad la hipótesis de que se apostó por una medida de mayor distanciamiento entre el gasolinazo y la apertura del proceso electoral nacional hacia la primera semana de octubre de 2017, en el entendido de que todo lo que suceda en torno al precio de las gasolinas después de enero será atribuible a la lógica del mercado, y no a la decisión de autoridad gubernamental alguna.

A favor de la apuesta gubernamental por un mega-gasolinazo en lugar de una serie dosificada en el tiempo abonan el pasado histórico del cortoplacismo de la memoria colectiva nacional, la dilución en automático del enojo popular y la incapacidad crónica de acción colectiva. Sin menoscabo de todo ello, el escenario nacional deja entrever la presencia de ingredientes que podrían conducir a desenlaces inéditos. Nunca los bonos de aprecio de un presidente habían caído tan bajo ni tampoco el desprestigio de la clase política y de las instituciones de representación había llegado a los niveles de precariedad actuales. Por si esto no fuese suficiente, en el escenario político-electoral crece la figura de un candidato con la capacidad y credibilidad suficientes como para polarizar con la clase política en su conjunto, así como con los arrestos morales para distanciarse de la corrupción rampante.

En el balance de las emociones decisivas en la orientación del voto, quizás la duda más desafiante es si será el enojo o la ira suscitados por la corrupción de la clase política, o bien, el miedo ante la supuesta amenaza de un líder mesiánico y desbocado. En las dos últimas elecciones presidenciales, es clara la prevalencia del miedo. Tan cierto como ello resulta que los electorados aprenden y se modifican. Es el caso de que la transición demográfica está comenzando a desplazar el punto de gravedad hacia las jóvenes generaciones y los nuevos espacios virtuales de interacción.

Ciertamente, los modos clientelares de compra y acarreo de voto seguirán siendo piezas fundamentales en el obrar de la clase política, es decir, de la partidocracia repartida en los partidos políticos nacionales. El detalle inédito, como pudo percibirse con cierta claridad en los últimos procesos electorales locales, es que las viejas prácticas de acarreo son cada vez más insuficientes para ganar elecciones.

Para desgracia de la partidocracia vigente, no existen  formas probadas para acarrear o extorsionar “milenials”. En tal contexto, el gasolinazo reciente entraña un potencial disruptivo incalculable, que es prácticamente imposible de ser capitalizado político-electoralmente por la clase política y los partidos tradicionales. En suma, las circunstancias parecen conspirar a favor de AMLO. Salvo honrosas excepciones, la clase política, por genética propia, vive y se nutre de la corrupción y de los excesos. Así las cosas, su gran desafío es impedir que la fuerza de la gravitación política haga crecer aún más el atractivo electoral del líder de izquierda.

¿Será el gasolinazo de enero el catalizador de la primera alternancia no sancionada por el establecimiento político nacional? Yo creo que las probabilidades son altas. Al tiempo.     

         

*Analista político

@franbedolla          

 

francisco bedolla cancino,Opinión,Gasolinazo

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